Es al revés de lo que parece. El detalle tendría que dar más para revisar; lo que da es menos ganas. Una respuesta larga, ordenada, con cifras dentro, se lee como un trabajo ya hecho. Y un trabajo hecho no se audita: se usa.
Después vienen las dos frases que terminan de cerrar la puerta.
«El analista también se puede confundir.» Es cierto, y no es lo mismo. Al analista le puedes preguntar de dónde sacó ese número, y te contesta. Se equivoca una vez, en un reporte, y alguien lo ve. No se equivoca veinte veces por día, en veinte conversaciones distintas que nadie va a leer juntas.
Y la peor, que ni siquiera se dice en voz alta: si viene dentro de una herramienta, es la herramienta. Nadie le pide a la calculadora que muestre cómo llegó.
Por eso «capacitar al usuario para que verifique» no es un plan. No va a verificar. Y tiene razón en no verificar: nadie usa todos los días algo que hay que auditar todos los días.
La pregunta útil es la otra. No cómo hacemos para que la gente desconfíe de la respuesta, sino qué pasó antes de que esa respuesta saliera a la pantalla.