Ponle un agente de IA encima.
El agente no sabe eso. Ve un nombre que coincide con la pregunta, lo toma, y devuelve una frase en español perfecto con un número dentro.
En una prueba les preguntamos a cuatro herramientas cuántos empleados tenía la empresa. El dato no está: en esos modelos hay ventas, no personal. Tres lo dijeron. Una contestó «hoy tenés 36 vendedores activos en la fuerza comercial».
Treinta y seis es verdad. Son los vendedores. La pregunta era por los empleados.
Eso es lo que más cuesta explicar: el problema no es que invente. Es que encuentra. Encuentra lo más parecido que hay y te lo da con toda la confianza del mundo.
Con las definiciones que faltan pasa lo mismo. «Cliente grande» es una palabra que se dice en todas las reuniones y no está escrita en ningún lado. Antes eso lo resolvía una persona, en silencio, cada vez que armaba un reporte. Ahora lo resuelve una máquina, sola, veinte veces por día, y cada vez puede resolverlo distinto.
No existe el milagro. Un agente sobre datos sin curar y sin arquitectura no arregla lo que hay abajo: lo toma y lo multiplica.
Lo aburrido —nombrar bien, definir qué es un cliente grande, dejar dicho qué no está— no es el paso previo al proyecto de IA. Es el proyecto.